«El sentimiento sin acción es la ruina del Alma», escribió una vez Edward Abbey.
Estas palabras tienen un profundo significado cuando consideramos la historia de las sustancias químicas en nuestro mundo y su impacto no intencionado en nuestro bienestar y en el medio ambiente.

Durante milenios, los humanos vivieron en armonía con la naturaleza.
El aire que respirábamos, el agua que bebíamos y los alimentos que consumíamos contenían una sinfonía natural de elementos familiares y misteriosos.
La vida en la Tierra se ha adaptado maravillosamente para manejar estas sustancias químicas naturales, existiendo en un delicado equilibrio.
Imagínatelo como una danza bien ensayada, en la que cada organismo desempeña su papel.
Sin embargo, la historia da un giro dramático con el auge de la Era Industrial.
Nosotros, como sociedad, empezamos a depender en gran medida de los productos químicos manufacturados.
Sólo desde la Segunda Guerra Mundial, se han introducido la asombrosa cifra de 80.000 nuevas sustancias químicas.
Nombres como DDT, el infame pesticida, y PCB, bifenilos policlorados, se convirtieron en términos familiares.
Impulsados por la comodidad y el deseo de tener un césped o un jardín «perfectos», muchos jardineros domésticos utilizaron grandes cantidades de estos productos químicos, a menudo superando las aplicaciones recomendadas en la impactante cantidad de 10 a 20 veces.
Piensa en ello como si introdujeras a un bailarín sin entrenamiento en la actuación: estalla el caos.
Sin embargo, las consecuencias distaron mucho de ser perfectas.
A diferencia de sus homólogos naturales, estas creaciones sintéticas no eran procesadas fácilmente por nuestro organismo ni por el medio ambiente.
Persistieron, acumulándose en los tejidos grasos de animales y humanos por igual.
Esta consecuencia involuntaria alteró el delicado equilibrio, provocando una guerra silenciosa dentro de nuestras células.
Imagina al intruso de la danza interrumpiendo el flujo y dejando tras de sí un rastro de destrucción.
La historia da un giro más oscuro cuando estas sustancias químicas se relacionan con un aumento del cáncer, desequilibrios hormonales e incluso defectos del desarrollo.
Sin saberlo, pasamos a formar parte de un ciclo perjudicial, poniendo en peligro nuestra salud y el bienestar de los ecosistemas de los que dependemos.
Es como si el intruso causara heridas y enfermedades a los demás bailarines y a todo el escenario: una metáfora del entorno.

Reescribe la historia teniendo en cuenta Wellness y la ecología
La buena noticia es que nosotros, los ecoguerreros, podemos reescribir la narrativa.
Podemos elegir ser conscientes de las sustancias químicas que introducimos en nuestros hogares y jardines.
Existen numerosas alternativas ecológicas, desde métodos orgánicos de control de plagas, como el aceite de neem o las mariquitas, hasta productos de limpieza naturales hechos con vinagre, bicarbonato sódico y aceites esenciales.
Recuerda que el verdadero bienestar no consiste sólo en la salud individual.
Se trata de vivir en armonía con el entorno que nos sustenta.
Al adoptar un estilo de vida más ecológico, podemos crear un efecto dominó.
Podemos inspirar a otros para que tomen decisiones conscientes, reduciendo la demanda de sustancias químicas nocivas y fomentando un mundo más sano para nosotros y para las generaciones futuras.
Reescribamos la historia, una elección verde cada vez.
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